Devociones Josefinas

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Los siete Domingos de San José

Esta práctica de devoción católica es una preparación para la fiesta de San José (19 de marzo), en consideración a sus siete dolores y gozos. Puede hacerse en todo tiempo, pero es más propio rezarla durante los siete domingos anteriores a la fiesta del Santo Patriarca.

El Papa Gregorio XVI fomentó esta devoción y le otorgó muchas indulgencias. Mas fue el beato Pío IX quien revitalizó esta devoción, y deseaba que se acudiera a San José, para aliviar la aflictiva situación de la Iglesia católica.

Oraciones iniciales para los 7 domingos

Se comienza haciendo la señal de la cruz: + Por la señal de la Santa Cruz, + de nuestros enemigos, + líbranos Señor, Dios Nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de contrición: Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois, Bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno. Ayudado de vuestra divina gracia propongo firmemente nunca más pecar, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Amén.

Ofrecimiento (para todos los días): Glorioso Patriarca San José, eficaz consuelo de los afligidos y seguro refugio de los moribundos; dígnate aceptar el obsequio de este Ejercicio que voy a rezar en memoria de vuestros siete dolores y gozos. Y así como en vuestra feliz muerte, Jesucristo y su Madre María te asistieron y consolaron tan amorosamente, así también, asistidme en aquel trance para que, no faltando yo a la fe, a la esperanza y a la caridad, me haga digno, por los méritos de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo y vuestro patrocinio, de la consecución de la vida eterna y, por tanto, de vuestra compañía en el cielo. AMÉN

Oraciones para cada domingo  (Se reza la oración del domingo correspondiente)

Primer Domingo: Casto esposo de María Santísima, Glorioso San José: por el dolor que tuviste ante la duda de tener que abandonar a tu querida Esposa, y por el gozo que te causó la revelación, por el ángel, del misterio de la Encarnación; te suplico me alcances dolor de mis juicios temerarios e indebidas críticas al prójimo, y el gozo de ejercer la caridad viendo en él a Cristo. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Segundo Domingo: Feliz Patriarca, Padre adoptivo del Verbo humanado, glorioso San José: por el dolor que te conmovió viendo nacer al Niño Jesús en tanta pobreza, y por el gozo que te inundó al verle cantado por los ángeles y adorado por los pastores; te suplico me alcances dolor de mis codicias y egoísmos, y el gozo de servirle con pobreza y humildad. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Tercer Domingo: Obediente ejecutor de las leyes divinas, glorioso San José. Por el dolor que te produjo, en la circuncisión, ver derramar la primera sangre al Mesías, y por el gozo que sentiste al oír su nombre de Jesús, Salvador, te suplico me alcances dolor de mis vicios y sensualidades y el gozo de purificar mi espíritu practicando la mortificación. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Cuarto Domingo: Fiel santo, partícipe en los misterios de nuestra redención, glorioso San José: por el dolor que te traspasó al escuchar en la profecía de Simeón lo que había de sufrir Jesús y María, y por el gozo que te llenó al saber que sería para la salvación de innumerables almas; te suplico me alcances el dolor de haber crucificado a Cristo con mis culpas y el gozo de llevarle a los hombres mediante mi ejemplo y mi palabra. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Quinto Domingo: Vigilante custodio del Hijo de Dios hecho hombre, glorioso San José. Por el dolor que te angustió al saber que Herodes quería matar al Niño y por el gozo que te confortó al huir con Jesús y María a Egipto; te suplico me alcances dolor de mis pecados de escándalo y el gozo de apartarme de las ocasiones de ofender a Dios. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Sexto Domingo: Ángel de la tierra que tuviste a tus órdenes al Rey del cielo, glorioso San José. Por el dolor que te infundió el temor de Arquelao, y por el gozo con que te tranquilizó el ángel de volver a Nazaret; te suplico me alcances dolor por mis cobardías de respetos humanos, y el gozo de confesar a Cristo en toda mi vida pública y privada. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Séptimo Domingo: Modelo de toda santidad, glorioso San José. Por el dolor que padeciste al perder, sin culpa, durante tres días al Niño, y por el gozo que experimentaste al encontrarlo en el templo entre los doctores, te suplico me alcances dolor, cada vez que por mi culpa pierda a Cristo, y el gozo de vivir siempre en gracia y morir, felizmente, bajo tu patrocinio, en los brazos de Jesús y María, para cantar eternamente sus misericordias. Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

Oración Final: “El mismo Jesús comenzaba a ser como de treinta años y era tenido por hijo de  José”Ruega por nosotros, San José. Para que seamos dignos de las promesas de Jesucristo.

¡Oh glorioso Patriarca San José!, bien comprendo que tus grandes angustias y tus profundos dolores concurrieron maravillosamente para forjar la brillante corona que ostentas sobre tu frente. No quiero, bondadoso Padre mío, que ahuyentes de mí el dolor, sino que me des el espíritu de fe, de amor y de fortaleza para sobrellevar cristianamente las penalidades de esta vida y así hacer méritos para poder estar en tu compañía en el cielo por toda una eternidad dichosa. AMÉN

Santo Patriarca José, ruega por nosotros.

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Novena a San José

1.     Inicio: Por la señal de la santa Cruz…

2.    Acto de contrición.

3.    Súplica a San José (para todos los días)

Oh Custodio y Padre de vírgenes, glorioso san José, a cuya fiel guarda fueron encomendadas la misma Inocencia, Cristo Jesús y la Virgen de las vírgenes, María. Por estos dos seres queridos, Jesús y María, os ruego y suplico me alcancéis la gracia de que, manteniéndome puro en la mente, limpio en el corazón y casto en el cuerpo, sea siempre siervo fiel de Jesús y de María. Amén.

4.    Oración (para todos los días)

Oh gloriosísimo Padre de Jesús, Esposo de María, Patriarca y Protector de la santa Iglesia, a quien el Padre eterno confió el cuidado de gobernar, regir y defender en la tierra a la Sagrada Familia; protegednos también a nosotros que pertenecemos, como fieles católicos, a la santa familia de vuestro Hijo, que es la Iglesia Romana, y conseguidnos los bienes necesarios de esta vida, y, sobre todo, los auxilios espirituales para la vida eterna. Alcanzadnos especialmente estas tres gracias: la de no cometer jamás ningún pecado mortal ni venial plenamente advertido, principalmente contra la castidad; la de un sincero amor y devoción a Jesús y a María, y la de una buena muerte, recibiendo bien los últimos sacramentos.

5.    Oración de cada día (Se reza la oración del día correspondiente y se pide la gracia) 

Día 1

Glorioso Patriarca san José, Patrono de la Iglesia universal, que por tu gran santidad e insigne prudencia tuviste el honor de ser en tantos peligros el guardián de María y de Jesús, guárdame también con tu protección continua, puesto que soy hijo de María y hermano de Jesús. Amén.

Día 2

Glorioso Patriarca san José, que encontraste tu felicidad y santificación en medio del trabajo, alcánzame que, libre de la ociosidad, madre de todos los vicios, me santifique cumpliendo mis deberes de cada día. Amén.

Día 3

Glorioso Patriarca san José, que supiste llevar con tanta paciencia los sufrimientos de Belén, de Egipto y de Nazaret, alcánzame del Señor hallar en medio de las tribulaciones, llevadas con paciencia, mi santificación. Amén.

Día 4

Glorioso Patriarca san José, maestro y guía de las almas consagradas, que diste prueba de tu religiosidad acudiendo con tanto fervor a las fiestas que en tu tiempo se celebraban al Señor, concédenos ser almas de oración y cumplir perfecta y fervorosamente nuestras obligaciones para con Dios. Amén.

Día 5

Glorioso Patriarca san José, que viviste con tanta humildad y diste prueba de tan gran silencio, que ni una sola palabra conserva el Evangelio de ti, enséñanos a vivir en la oscuridad y a no buscar que se hable de nosotros, antes que sea nuestra única gloria el servir a la Virgen, Esposa tuya y nuestra Madre, y a Jesucristo, nuestro Dios. Amén.

Día 6

Glorioso Patriarca san José, que mereciste que el Evangelio te llamase “Varón justo”, consíguenos de María y Jesús que, a imitación tuya, vayamos creciendo en santidad hasta el día de nuestra muerte. Amén.

Día 7

Glorioso patriarca san José, que por tu pureza fuiste elegido para convivir con la Virgen de las vírgenes, María, y el Cordero Inmaculado, Jesús; alcánzanos que nos veamos libres de todos los pecados que afean tan delicada virtud. Amén.

Día 8

Glorioso patriarca san José, que al obedecer al Ángel, que te ordenaba huir de noche y precipitadamente a Egipto, diste prueba de perfecta obediencia y conformidad con la Voluntad Divina, intercede por nosotros para que también en nosotros arraiguen estas dos grandes virtudes, que tanto resplandecieron en ti. Amén.

Día 9

Glorioso Patriarca san José, que después de haber vivido santamente con Jesús y María, tuviste la dicha de morir en sus brazos, alcánzanos, tú que eres Patrono de la buena muerte, morir en tus brazos y en los de Jesús y María. Amén.

5.      Deprecaciones:  Después de cada una de ellas se reza un Padrenuestro.

  • Patrono de la Iglesia universal, concedednos aquella disponibilidad de voluntad y obediencia de la fe con la que aceptasteis la tarea que Dios Padre os encomendó. Padrenuestro.
  • Custodio insigne del Redentor, purificad y santificad las familias cristianas para que sean santuarios de amor y cunas de vida a semejanza de vuestra unión virginal con María, la Madre del Redentor. Padrenuestro.
  • Modelo acabado y pleno de paternidad, enseñadnos a ser ministros de salvación en el ejercicio fiel, noble y prudente de la autoridad en los servicios que nuestros deberes nos exijan. Padrenuestro.
  • Custodio de las divinas gracias y espejo de santidad, alcanzadme caridad contra egoísmo, humildad contra soberbia, mansedumbre contra ira, prudencia contra ligereza, fortaleza contra pusilanimidad. Padrenuestro.
  • Consuelo de los afligidos y esperanza de los enfermos, alcanzad para el mundo la pobreza de espíritu, la virginidad de corazón y la misericordia. Padrenuestro.

6.      Oración del Papa León XIII

Recurrimos a vos en nuestra tribulación, bienaventurado José, y después de haber implorado el socorro de vuestra santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. Por el afecto que os unió con la Inmaculada Virgen Madre de Dios, por el paternal amor con que tratasteis al Niño Jesús, os suplicamos que nos ayudéis a entrar en posesión de la herencia que Jesucristo nos legó con su Sangre y que nos asistáis con vuestro poder y nos socorráis en nuestras necesidades.

Proteged, oh providentísimo custodio de la Sagrada Familia, la raza elegida de Jesucristo; preservadnos amantísimo padre, de toda mancha de error y corrupción; sednos propicio y asistidnos desde el cielo, muy poderoso libertador, en nuestras luchas con el poder de las tinieblas, y como en otro tiempo librasteis al Niño Jesús de inminente peligro de muerte, defended hoy a la santa Iglesia de Dios de las emboscadas del enemigo y de toda adversidad. Concedednos vuestra perpetua protección a fin de que sostenidos por vuestro ejemplo y auxilio, podamos vivir santamente, morir cristianamente y obtener la eterna bienaventuranza del cielo. Amén.

7.      Aclamación de despedida: Santo Patriarca José, ruega por nosotros.

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Novena Poderosa a San José

El P. Lallemant, S.J. (1587- 1633) contó que San José nunca le rehusó nada de todo lo que le pidió. En una ocasión urgió a dos sacerdotes jóvenes a hacer esta novena, haciéndoles prometer que si obtenían la gracia a través del Santo, se comprometerían a tenerle devoción y expandir esta devoción entre otros.

Uno de ellos le pidió la gracia de hablar y escribir dignamente de Nuestro Señor, pero al día siguiente de haber empezado la novena fue donde el P. Lallemant y le dijo que lo había pensado mejor y que quería cambiar la petición. El P. Lallemant le contestó: “Es demasiado tarde para pedir otra gracia, pues la primera que pidió ya ha sido concedida”.

El joven sacerdote comprobó que San José le había concedido la primera gracia, pues llegó a ser el más notable predicador y escritor de su tiempo.

Modo de hacer la Novena

NO SE NECESITA NINGUNA ORACIÓN ESPECIAL PARA HACERLA. Simplemente durante 9 días, elevar la mente a San José. Cada día, durante cuatro momentos diarios que pueden ser: a la mañana, al mediodía, en la tarde y en la noche, o cuando uno pueda mejor. También puede ser en cualquier lugar y haciendo el trabajo que cada uno tenga. De este modo:

Primer momento: Elevar la mente a San José pensando, en un breve instante, LA FIDELIDAD DEL SANTO A LA GRACIA. Después dar gracias a Dios por ello y pedirle la gracia que queremos conseguir.

Segundo momento: Elevar la mente a San José pensando, en un breve instante, LA FIDELIDAD DEL SANTO A LA VIDA INTERIOR. Después dar gracias a Dios por ello y pedirle la gracia que queremos conseguir.

Tercer momento: Elevar la mente a San José pensando, en un breve instante, el AMOR QUE TUVO EL SANTO A LA VIRGEN. Después dar gracias a Dios por ello y pedirle la gracia que queremos conseguir.

Cuarto momento: Elevar la mente a San José pensando, en un breve instante, el AMOR QUE TUVO EL SANTO AL DIVINO NIÑO JESÚS. Después dar gracias a Dios por ello y pedirle la gracia que queremos conseguir.

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El Mes de San José

1.      Inicio: Por la señal de la santa Cruz… Acto de contrición.

2.     Oración para todos los días: Oh Custodio y Padre de vírgenes, glorioso san José, a cuya fiel guarda fueron encomendadas la misma Inocencia Cristo Jesús y la Virgen de las vírgenes, María. Por estos dos seres queridos, Jesús y María, os ruego y suplico me alcancéis la gracia de que manteniéndome puro en la mente, limpio en el corazón y casto en el cuerpo sea siempre siervo fiel de Jesús y María. Amén.

3.     Meditación de cada día: Se lee la meditación del día correspondiente -que se encuentra más abajo-, y al final de la misma se puede dejar un minuto de silencio meditativo.

Día primero: Eficacia del nombre de San José

Este nombre, junto con el de María, fue el primero que pronunció Jesús, y el que durante su vida mortal repetía muy a menudo. El divino Salvador, sin duda, para compensar los servicios que tuve la dicha de prestarle, se ha servido comunicar a mi nombre un poder y una eficacia solo inferior al de María. Aun los mismos Ángeles, en medio del esplendor de los Santos, dan muestras de respeto al oír pronunciarlo, al mismo tiempo que los demonios huyen aterrorizados. Sé pues fiel en invocar el nombre de José en tus tribulaciones y necesidades.

Día segundo: Especial protección en la hora de la muerte

Habiendo tenido la dicha de morir en los brazos de Jesús y asistido de María, Dios se dignó elegirme por protector especial de los agonizantes; y por esto toda la Iglesia me invoca como patrón de una buena muerte. Confía, pues, tranquilo en mí, hijo mío muy querido; porque redoblaré mi estimación y mi vigilancia en tu favor en aquel instante supremo; a pesar de la perturbación de tu espíritu y de la violencia del mal, procuraré que llegue a tus oídos el lenguaje del cielo, a fin de que con menos pena sepas desprenderte de todas las criaturas. Mi amor es mil veces más poderoso para procurarte el bien, que el odio y la malicia de los espíritus infernales para dañarte.

Día tercero: San José nos enseña a conocer más a Jesús

El conocimiento de Jesús es el más esencial al cristiano. Fui elevado a la sublime perfección en que me encuentro, por haberme ocupado en estudiar y en conocer a Jesucristo. Desde el momento en que tuve la dicha de verle nacido en Belén hasta mi último suspiro, jamás perdí de vista a Aquel que quiso ser tenido por Hijo mío delante de los hombres. Que sea, pues, tu principal ocupación el estudiar y conocer a Jesucristo. Cuanto más medites sus misterios, tanto más descubrirás en ellos su ardiente amor. De nada te servirán para la eternidad los demás estudios, si no van dirigidos o santificados por el principal.

Día cuarto: El amor de San José a Jesús

Después de la Virgen María, ningún santo ha amado tanto a Jesús, ninguno ha vivido en tan estrecha intimidad con Él, y nadie ha recibido de Él tantos favores como yo. Lo amaba como a mi Dios; y en su presencia encontraba siempre los medios de satisfacer mis más dulces deseos y santas inclinaciones: mi amor me hacía todo corazón para no amar sino a Jesús, todo espíritu para no pensar sino en Jesús, todo ojos para conocer sus necesidades, y todo lleno de solicitud para aliviarlas. ¿Quieres, hijo mío, ser feliz? ¿Quieres adquirir un rico tesoro para el cielo? Ama a Jesús de todo corazón.

Día quinto: San José fiel imitador de Jesús

Me tenía por muy feliz de vivir en íntima y continua compañía con Jesús; mis ojos estaban siempre fijos en Él; no solo en general, sino también en particular, consideraba su comportamiento en las diferentes circunstancias de la vida, el respeto que manifestaba a su Padre, la ternura para María, la caridad con el prójimo, el olvido del sí mismo, el horror para el pecado, el desprendimiento del mundo. En todo procuraba imitarle según la gracia que había recibido. Hijo mío, procura penetrar hasta el fondo de este divino modelo para descubrir en Él las disposiciones con que debes conformar y arreglar todos los actos de tu vida. De este modo obrarás siempre con dependencia de nuestro Señor.

Día sexto: Fidelidad de San José para invocar el nombre de Jesús

Entre los privilegios con que el Señor se ha dignado favorecerme, está el haber sido elegido para imponer a su divino Hijo el nombre de Jesús; nombre el más excelente de todos los nombres, y al cual doblan la rodilla el cielo, la tierra y el infierno. Este nombre sagrado era el primero que pronunciaba al despertar, y el último que salía de mis labios por la noche al acostarme. En medio de mis penosos trabajos y de mis tribulaciones no cesaba de invocar el nombre de Jesús; y hubiera querido grabarlo en el corazón de todos los hombres.

A ejemplo del gran Bernardo, que te sea siempre árido todo alimento espiritual que no esté sazonado con el nombre de Jesús. Que te sea insípido y sin atractivo todo entretenimiento o libro en que a menudo no se encuentre el nombre saludable, del cual sacan toda su virtud los Sacramentos, y cuyo mérito infinito inclina al Padre celestial a escuchar las plegarias de los hombres.

Día séptimo: San José en el cuidado de Jesús

Encomendado por el Padre Eterno el cuidado de su único Hijo, me consideré muy feliz de recibirlo en mi casa, de proporcionarle vestido y el alimento con el fruto de mis sudores. Tú, hijo mío, si quieres, puedes gozar de la misma dicha y adquirir los mismos méritos. Jesús reside en las iglesias tan real y verdadero como se hallaba en mi pobre casa de Nazaret. Por desgracia, se ve en ellas no pocas veces desprovisto de todo. Los manteles del altar son como los pañales que cubrieron su delicado cuerpecito en la cueva de Belén.

También puedes socorrer al Salvador en la persona de los pobres a quienes, por decirlo así, ha puesto en su lugar. Este es el gran misterio de la caridad cristiana; misterio que nos ofrece como una nueva Eucaristía en la cual alimentamos a Dios por medio de los pobres, así como Él nos nutre de su propia sustancia bajo las especies sacramentales.

Día octavo: Fidelidad en visitar a Jesús

Mi pobre casa de Nazaret era un pequeño cielo en el que Dios habitaba personalmente. Nunca me hubiera apartado de esta mansión muy querida, si hubiese seguido mi inclinación; pero pronto a proveer las necesidades de mi Familia, sabía dejar a Dios para servir a Dios. Antes de empezar mi trabajo, iba a ofrecer mis homenajes al Verbo encarnado, besaba con respeto sus pequeños pies, y aplicaba mi boca sobre su adorable Corazón. Cuando debía salir, me paraba por algún tiempo contemplando a mi amado Jesús. Su piadoso recuerdo era como un aroma que embalsamaba y hacía ligeros mis penosos trabajos. Si quieres, hijo mío, puedes participar como yo de esta dicha; como yo, puedes contemplar y hablar con Jesús siempre que lo desees. En el adorable Sacramento se halla siempre dispuesto a recibirte, a escucharte y consolarte en tus tribulaciones.

Día novenoLa dicha de recibir a Jesús

Al revelarme el Ángel que el Verbo se había encarnado en el seno purísimo de María, sentí inflamarse mi corazón en deseos de recibirle entre mis servicios. Desde este momento guardaba con mayor cuidado todos mis sentimientos y velaba sobre todas mis afecciones, a fin de hacerme más digno de tocar con mis manos y de estrechar contra mi corazón al Cordero Inmaculado, que se complace en habitar entre los lirios de pureza. Apenas el Salvador hubo nacido, María, queriendo hacerme participante de su dicha, me entregó el divino Niño. Puesto de rodillas lo recibí con tanto respeto y fervor, que me consagré por entero y sin reservas a su adorable persona. Por la sagrada Comunión te es permitido, participar de mi dicha y poseer a Jesús tan cumplidamente como yo. Procura recibirlo con fe, amor y confianza, y sacarás grandes frutos de santidad.

Día décimoSan José y los méritos infinitos de Jesús

Para suplir mi insuficiencia, a menudo tomaba a Jesús entre mis manos y lo ofrecía a Dios Padre por la redención del mundo. María unía sus oraciones y su amor a esta oblación de un precio infinito repitiendo de acuerdo conmigo estas palabras del profeta: Mirad, Señor, a vuestro Cristo. De todos los actos de religión que se ofrecen a Dios, ninguno hay más digno, y más digno de Él, más capaz de desarmar su justicia y de atraer su misericordia como el augusto sacrificio del altar porque es el sacrificio de Dios; Dios es su autor. Dios es la víctima, y Dios es el que, al inmolarse, obra las más asombrosas maravillas. Procura, pues, asistir a la santa misa con la misma compunción con que hubieras presenciado el sacrificio incruento del Calvario.

Día undécimoSan José y la devoción a María

Mi devoción a María salía de mi espíritu y de mi corazón. Provenía del afecto que sentía por mi santísima Esposa, adornada con las más sublimes prerrogativas que a Dios plugo otorgar a la que había escogido para ser su Madre y de la alta idea que me formé de sus virtudes, de las cuales era yo feliz testigo. Mi devoción a María derivaba de la grande confianza que tenía en Ella, por ser la más santa, la más poderosa y la mejor de las criaturas; y en todas mis necesidades acudía a mi angelical Compañera con toda sencillez, pura fe y completa abnegación.

Con el mayor cuidado me aplicaba a imitarla en todo y a copiar sus virtudes; su pureza angelical, su humildad profunda, su fe viva, su obediencia ciega, su oración continua, su mortificación universal, su caridad ardiente, su paciencia heroica, su dulzura inefable y su eminente prudencia. Esta devoción será para ti un manantial de las más singulares gracias y una prenda segura de predestinación.

Día duodécimoFidelidad de San José en saludar a María

Testigo afortunado del amor con que Jesús se complacía en ofrecer a su divina Madre la salutación angélica, principio de toda su gloria y de su dicha, me unía también para saludar a María, con el Verbo encarnado. Cuando encontraba a mi inmaculada Esposa al lado del divino Niño, sentía un gusto particular en repetirle estas piadosas palabras que llenaban su alma de un gozo celestial: Dios te salve, María, llena de gracia… Por la noche le repetía la misma salutación, que renovaba en su espíritu la alegría inefable que experimentó cuando el Arcángel Gabriel, de parte del Altísimo, vino a anunciarle el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en sus purísimas entrañas.

Procura tú también, hijo mío, saludar frecuentemente a esta tu tierna Madre. Que sea dulce para tus labios y, aun mucho más para tu alma, esta salutación.

Día decimoterceroSan José y el auxilio de los Ángeles

El Señor había encargado a los Ángeles que me guiasen en todos mis caminos. Así fue que uno de estos espíritus celestiales me tranquilizó cuando quería separarme de María, juzgándome indigno de habitar con la augusta Madre de Dios. Un Ángel me avisó, que debía huir a Egipto para librar al divino Niño del furor de Herodes. Por fin, otro mensajero celestial me instó para volver a mi querida patria, porque atentaban contra la vida de Jesús.

Procura, hijo mío, vivir con grande pureza, amando de corazón a Jesús y María, y los Ángeles se gozarán contigo, te servirán de consejeros en tus dudas, te alcanzarán fortaleza en tus flaquezas y consuelo en tus tribulaciones, te defenderán contra los demonios, presentarán a Dios tus buenas obras y tus sufrimientos; por fin después de haberte asistido en tu última hora, acompañarán tu alma hasta el tribunal del supremo Juez.

Día decimocuarto: San José y el amor a la pureza

Fiel a la inspiración del cielo, me consagré a Dios sin reserva desde mi juventud. El amor a la pureza fue para mí un manantial de gracias más singulares. Dios se dignó escogerme entre todos los hombres para esposo de la Virgen Inmaculada. Los ojos de María destilaban una especie de rocío virginal que, cayendo sobre mi corazón, lo purificaban más y más. Cuando tenía la dicha de tomar en mis manos al Verbo encarnado; cuando lo estrechaba contra mi corazón con tanto amor como respeto, sentía en mí una virtud que transformaba todo mi ser. Así tú, hijo mío, recibiendo a Jesús en la santa Comunión, alcanzarás siempre mayor pureza. Ama esta gran virtud sobre todas las cosas, porque, como dice el sabio, nada se le puede comparar.

Día decimoquintoSan José y la santa obediencia

La obediencia es más agradable al Señor que la sangre de las víctimas. El que la practica posee el verdadero secreto para disfrutar la paz interior. Si supieras cuan dulce es obedecer a Dios, servirle con sencillez de corazón y observar los preceptos de su ley, ¡con qué alegría te aplicarías a cumplir sus divinos mandamientos! Fiel a la gracia en todas las circunstancias de mi vida, decía como Abraham: Pronto estoy, oh Señor; como Isaías: Heme aquí envíame; o como Samuel: Habla Señor que tu siervo escucha.

Esta obediencia, hijo mío, debes tenerla con todos aquellos a quienes Dios ha revestido de su autoridad sobre la tierra, y especialmente a la santa Iglesia, iluminada por su divino Espíritu y encargada de ser la guía de tu alma.

Día decimosextoSan José y el amor a la pobreza

Aunque descendiente de los reyes de Judá, me vi precisado, bien que sin pena, a ejercer un oficio humilde a los ojos de los hombres, a fin de procurarme las cosas más indispensables para la vida. Mas, ¡cuánto subió de punto mi amor a la pobreza, al ser testigo de la pobreza en que nació el Hijo único de Dios, al cual no tuvo jamás un lugar donde descansar su cabeza!

Si te dejas guiar de las puras luces de la fe, sabrás apreciar las ventajas de la pobreza evangélica. Ella, librándote de una infinidad de vanos y frívolos cuidados, te dispondrá para recibir las riquezas del amor divino. La pobreza es también un medio muy eficaz para hacer grandes progresos en la perfección. Ella guarda la humildad, conserva la castidad a causa de su compañera inseparable la mortificación y nos ayuda a practicar la abstinencia y la templanza.

Día decimoséptimoSan José y el amor al trabajo

Aunque descendiente de sangre real, desde mi juventud hasta mi muerte tuve que ganar mi sustento con el sudor de mi rostro. Mi trabajo era pesado y lleno de privaciones. Todos los días tenía que sufrir nuevas fatigas, las que solo interrumpían un sueño y una parca comida. Aprende de mí, y ten en cuenta que no hay ocupación alguna, por baja que sea, según las preocupaciones del mundo, de la cual deba avergonzarse un cristiano; al contrario, tiene motivos para contarse por feliz y muy honrado, si su oficio lo acerca más a Jesús y a María.

La pereza no consiste siempre en aquella especie de indolencia que parece caracterizarla más particularmente; se junta a veces con una asombrosa actividad, pero actividad, que aplicada a otros objetos, hace descuidar los propios deberes, y muchas veces nos lleva a hasta dejarlos del todo. Para que tus ocupaciones sean meritorias, cuida de hacerlas imitándome, en Jesús, para Jesús y con Jesús.

Día decimoctavoSan José y la santificación de las acciones comunes

La piedad que te hará agradable a Dios y que te consagrará enteramente a su servicio consiste en hacer todo lo que Él quiere y en cumplir lo que desea de ti, precisamente en el tiempo, el lugar y las circunstancias en que te coloca. De este modo llegué a un grado de virtud sublime. Estaba siempre, es verdad, en disposición de sacrificar a la voluntad de Dios todo lo que yo podía tener de más precioso y más querido, mi bien, mi tiempo, mi libertad, mi reputación y mi vida; pero cuando el Señor nada de heroico me exigía, me esforzaba en animar mis acciones ordinarias con un gran espíritu de caridad, no atendiendo al número y a la calidad de mis obras, sino a la honra de poder con ellas agradar a Dios.

odo lo que lleva la señal de la voluntad de Dios y de su agrado es grande, por pequeño que sea en sí mismo. Si el amor de Dios se manifiesta con más generosidad en los grandes sacrificios, en los pequeños, repetidos continuamente, descubre más atención y delicadeza.

Día decimonovenoSan José y el secreto de hacer todas las obras ordinarias meritorias

No haciendo caso de los bienes perecederos de la tierra, ponía todo mi cuidado en procurarme un rico tesoro de méritos para el cielo. Obraba siempre según Dios, en Dios y para Dios. Según Dios: nada hacía contra su voluntad adorable procurando conformarme en todo a sus menores deseos. En Dios: procurando siempre hallarme en estado de gracia, a fin de que la gracia actual fuese el principio de todas mis acciones. Para Dios: en todo obraba por un motivo sobrenatural, para la gloria de Dios, para agradar a Dios, por amor a Dios, en la presencia de Dios, con grande fervor, uniéndome entonces a Jesús, que trabajaba conmigo.

¿Quieres también, hijo mío, no perder el fruto de tus obras? Recuerda que sin la gracia nada puedes hacer meritorio para la vida eterna. Por esto es que al empezar una acción, debes dirigirte a Dios por medio de una fervorosa aspiración, a fin de obtener la gracia de hacerla bien, manteniéndote unido a Jesucristo por la caridad, a la manera que los sarmientos de la viña están unidos con sus cepas.

Día vigésimo: San José y el recogimiento

La vida de un cristiano debe ser una vida apartada del bullicio del mundo. El verdadero cristiano debe desear ardientemente permanecer cubierto bajo las alas de Dios, sin tener otro testigo de sus buenas obras. Fiel a la inspiración de la gracia, procuraba con cuidado ocultar a los ojos de los hombres todo lo que hubiera podido dar alguna distinción a mi persona; colocaba toda mi dicha en ser desconocido, y sin reputación alguna me tenía por feliz de poder consagrarme a los sagrados intereses de Jesús y de María, sin salir de la oscuridad de una vida humilde y retirada.

Encerrado en la estrecha morada de una casa pobre y ocupado solo en mi trabajo, no me veía combatido de las pasiones que agitan a los demás hombres, y disfrutaba tranquilamente del silencio y de las ventajas de la soledad, con Jesús y María, de los cuales recibía las más santas y más dulces comunicaciones.

Día vigesimoprimero: San José y la discreción en la palabra

En la escuela del Verbo encarnado, cuyas palabras todas producen frutos de vida, muy pronto aprendí a poner una guarda de circunspección a mis labios, y a no romper el silencio sino cuando lo exigían la gloria de Dios o el bien del prójimo. Aunque perfectamente instruido en los sagrados misterios, nunca me determiné a comunicar a los demás los secretos que me habían sido confiados. ¿Quieres, hijo mío, hacer progresos en la vida interior? Procura, sobre todo, no hablar sino cuando sea oportuno. La lengua inmoderada es causa de muchas desgracias.

Día vigesimosegundoSan José y el amor al silencio

Uno de los medios más eficaces para progresar en la vida espiritual es el silencio. Él dispone a la oración, fomenta los sentimientos piadosos, da pábulo a los ardores de la caridad, enseña a ser humilde; en fin, une al alma piadosa con Dios, que la conduce a la soledad para hablarle al corazón y conversar familiarmente con ella. Si levanté tan alto el edificio de mi perfección, es porque viví siempre en una grande soledad interior. Meditaba los divinos secretos que se me habían confiado sin comunicarlos a nadie. Escuché en silencio a los pastores y a los magos, que vinieron a adorar al Salvador y se preocupaban de los prodigios que habían acompañado a su nacimiento; sin embargo, ¡cuántas cosas admirables hubiera podido decirles acerca de las futuras grandezas que de este divino Niño el Ángel me había revelado!

No te contentes, hijo mío, de guardar el silencio exterior; debes procurar hacer callar a tu espíritu lleno de terrenas preocupaciones y suprimir aquellas vanas reflexiones que agitan y disipan tu alma.

Día vigesimoterceroSan José y la constancia en la oración

La oración es una elevación del espíritu hacia Dios y un trato familiar del alma con su Creador, y por este medio tributa sus homenajes a la Divina Majestad y cumple sus deberes. No hay lengua alguna que pueda jamás expresar debidamente el valor de esta comunicación del hombre con Dios. La oración es incomprensible con el pecado. A la fidelidad y constancia en cumplir este santo ejercicio debo el haber correspondido a todas las gracias del cielo. Jamás perdía de vista a Jesucristo; recogía sus palabras, aprendía sus lecciones, lo que formaba mi interior alimento; admiraba los prodigios de su humildad, su amor a la vida retirada, su obediencia ciega a las órdenes de un pobre jornalero. Las profecías me suministraban el conocimiento de los misterios que todavía no se habían cumplido.

He aquí, hijo mío, cual ha de ser el objeto ordinario de tus oraciones y de tus cuidados. Jesús es tu pan supersubstancial, tu pan de todos los días, el pan de vida que debe comunicar a tu alma la inmortalidad. No conviene dejarlo jamás, y si alguna vez tomas algún otro alimento, es preciso siempre volver a Aquel.

Día vigesimocuartoFidelidad de San José en mantenerse en la presencia de Dios

Por un insigne privilegio, ya en esta vida se me concedió disfrutar de la felicidad de los espíritus celestiales que ven a Dios cara a cara. Si yo hablaba, si conversaba, era siempre con Jesús y con María, y únicamente de cosas que interesaban a la gloria del Altísimo. Partía todas mis comidas con aquel divino Hijo, sentado a mi lado, que ahora lo está en el cielo a la derecha de su Padre. Y mientras le daba el pan material, ganado con el sudor de mi frente, Jesús alimentaba mi alma con su divina palabra e inflamaba mi corazón con los ardores de su caridad.

Si yo trabajaba, cuando iba de viaje era siempre con Jesús y para Jesús. Por la mañana mi primera mirada y mi primer afecto se dirigían a Jesús, quien venía a saludarme con respetuoso cariño. En fin, en el seno de Jesús exhalé mi último suspiro.

El más eficaz de todos los medios de permanecer, hijo mío, en la presencia de Dios, es tener la vida de Jesucristo, sus misterios y sus palabras, en tu espíritu y en tu corazón, y recibirás la luz a medida que vayas considerándolos.

Día vigesimoquintoSan José y la caridad fraterna

El amor a tu prójimo es un amor nuevo, sobrenatural, que te hace amar a tus hermanos por Dios mismo. Al ver todo lo que la caridad de Jesús había hecho, y todo lo que preparaba a fin de salvar a los hombres, mi corazón estaba inflamado de amor. Durante mi vida, después de haber oído al Salvador manifestar el ardiente deseo que le animaba de dar por cada uno de nosotros hasta la última gota de su sangre, ¿cómo hubiera podido yo permanecer insensible a las necesidades de mi prójimo?

Nada hay, hijo mío, más recomendado en la Sagrada Escritura como la caridad fraterna, que es la señal por la cual Jesús ha declarado que reconocería a sus discípulos. No puedes amar a Dios sin amar al prójimo; así como no puedes ofender al prójimo sin ofender a Dios.

Día vigesimosextoSan José y la virtud de la humildad

La humildad es el fundamento de la perfección, y como la piedra angular sobre la que descansa todo edificio espiritual. El más precioso de todos los favores que el Señor me ha concedido, es el conocimiento y el desprecio de mí mismo. De esta virtud, como de un manantial puro y fecundo, salió una infinidad de otras virtudes que adornaron a mi alma. Por haberme humillado y anonadado a mis propios ojos, el Verbo divino se dignó escogerme para ser su padre adoptivo y su custodio, y también se dignó el Señor darme por esposa a María, la más humilde de todas las criaturas. Los ejemplos del Salvador me suministraban luces extraordinarias sobre la grandeza de Dios y la nada de la criatura, y al mismo tiempo me comunicaban acerca de la humildad conocimientos que antes no hubiera podido tener.

Iluminado con las puras luces de la fe, hijo mío, ten siempre en mayor estima el menor acto de virtud que todos los dones celestiales, porque con estos dones solos no glorificarás a Dios si no van acompañados de las virtudes cuyos actos repugnan al amor propio.

Día vigesimoséptimoLa conformidad a la Voluntad de Dios en la vida de San José

El conformarse enteramente a la voluntad de Dios es el gran secreto para santificarse y ser feliz sobre la tierra. Toda la conducta del divino Salvador, durante el curso de su vida mortal, ha sido la aplicación de estas bellas palabras salidas de su boca divina: Que se haga, Señor, no como yo quiero, sino como Vos queréis… He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me ha enviado. No lo olvides, hijo mío, que tu fidelidad en practicar esta virtud te alcanzará las gracias más singulares, porque Dios se complace en colmar de sus favores a los que no tienen otra voluntad que la divina.

Día vigesimoctavoEl espíritu de fe en San José

La fe es un don y una virtud al mismo tiempo. Es un don de Dios, en cuanto es una luz que derrama sobre el alma; es virtud, en cuanto al ejercicio que el alma hace de ella. La fe no debe servirte solamente de regla para creer, sino también para obrar: tu fe debe pasar del espíritu al corazón. Por esto yo no me limité a someter mi razón a las verdades de fe, sino que arreglé toda mi conducta a sus diferentes enseñanzas, poniendo toda mi dicha en conformar con ellas mis obras.

Día vigesimonoveno: San José y la correspondencia a la gracia

Por la gracia de Jesucristo el hombre se hace participante de la naturaleza divina. La gloria corresponde a la gracia. La gracia es una gloria comenzada y la gloria es una gracia consumada. Por respeto a María, de la cual debía ser custodio y esposo, y también por respeto al Verbo encarnado, a quien debía yo servir de padre, he sido colmado desde mi nacimiento de los más señalados favores por la beatísima Trinidad. Si he hecho tan admirables progresos en el camino de la perfección, es por haber sido fiel a las primeras gracias que el Señor me concedió.

Esta correspondencia a todas las inspiraciones del Espíritu Santo, a todos los buenos sentimientos, me ha alcanzado después nuevas gracias, mayores aún que las precedentes. ¡Ah! No te olvides jamás, hijo mío, que cada aumento de gracia, por pequeña que sea, influirá de una manera especial sobre tu dicha eterna. Por tu fidelidad a la gracia merecerás conocer más estrechamente a Jesús, y estarás más cerca de María en el cielo.

Día trigésimoSan José y la alegría del alma

Una dulce paz, una santa alegría reinaba siempre en mi corazón. La conciencia siempre pura, siempre tranquila, derramada sobre toda mi existencia una felicidad a la cual nada es comparable, y jamás, aun en las pruebas más delicadas y más difíciles, había permitido que la tristeza turbase mi alma ni por un momento. La santa alegría de los hijos de Dios es no solamente un efecto, sino también una notable señal de la gracia. Cuando saludó a Tobías el Arcángel Rafael, se valió de las siguientes palabras: Que la alegría esté siempre contigo.

Yo te deseo lo mismo, hijo mío, porque Dios es un buen Señor, que no quiere ser servido con mal humor y repugnancia, sino con buena voluntad y afecto. No le sirvas, pues, jamás como un esclavo sirve a un tirano; sino procura tener por Él los sentimientos de un buen hijo a favor del mejor de los padres.

Día trigésimoprimero: San José y la virtud de la esperanza

Mi confianza se aumentaba y se fortificaba en proporción de las gracias que recibía de la divina bondad. Mi esperanza se apoyaba en los méritos infinitos de Jesucristo, a quien alimentaba con el fruto de mis sudores, y mi piedad hacia María, todopoderosa para con Dios. Así es que, aun en medio de las más rudas pruebas y de los más grandes peligros, jamás la desconfianza penetró en mi corazón, y el pensamiento del cielo me consolaba en todos los sinsabores de la tierra.

Destinado para una felicidad infinita, tu corazón, hijo mío, no puede encontrar paz ni verdadero contento sino en la posesión y en el goce de Dios, que es el principio y el término de todos los bienes, la plenitud de la vida y el reposo eterno de los bienaventurados. Pero no olvides, que para poseer esta gloria, no basta desearla y esperarla; es preciso además cumplir fielmente la voluntad del Padre celestial. Bien lo sabes; solo aquellos que sean hallados conformes a Jesucristo, participarán de la gloria infinita que ha merecido con sus sufrimientos.

4.     Ofrecimiento diario: Se deja un momento de silencio para hacer un ofrecimiento a San José. Si el Mes se reza en familia, se puede escribir el ofrecimiento en un papelito y depositarlo en una canasta frente a una imagen de San José.

5.      Deprecaciones: Después de cada una se reza un Gloria Patris.

  • Por el dolor y las dudas al ver encinta a tu virginal Esposa y por el gozo de conocer la Encarnación del Hijo de Dios. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
  • Por el dolor de ver nacer al Mesías en gran pobreza y por el gozo de la adoración de los Ángeles y los pastores. Gloria al Padre…
  • Por el dolor de la sangre derramada de Jesús en la circuncisión y por el gozo de poder llamarlo Jesús, Salvador. Gloria al Padre…
  • Por el dolor de conocer, por la profecía de Simeón, los sufrimientos de Jesús y María y por el gozo de que por ellos se salvarían innumerables almas. Gloria al Padre…
  • Por el dolor de ver amenazada de muerte la vida del Hijo y por el gozo de poder huir, acompañado de Jesús y María. Gloria al Padre…
  • Por el dolor y temor de nuevos peligros en Judá y por el gozo de regresar con tu Familia a Nazaret. Gloria al Padre…
  • Por el dolor de perder al Niño Jesús en el templo y por el gozo de hallarlo entre los doctores. Gloria al Padre…

6.      Oración final:

Para todos los días: ¡Dios te salve, oh José, esposo de María, lleno de gracia! Jesús y su Madre están contigo: bendito tú eres entre todos los hombres y bendito es Jesús, el Hijo de María. San José, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Sólo para el día 19 de marzo: Glorioso Patriarca san José, digno Esposo de la Madre de Dios, Padre adoptivo de nuestro adorable Redentor y poderoso Abogado nuestro en toda tribulación, en toda necesidad y en todo peligro: os elijo por mi patrón y abogado para toda mi vida y para mi muerte. Os pido, humilde y con toda mi alma, que me recibáis por perpetuo siervo y esclavo vuestro, y que con vuestro poderoso valimiento me alcancéis la continua protección de vuestra Esposa, la Inmaculada Virgen María y las misericordias de mi amantísimo Jesús. Asistidme siempre y bendecid mis palabras, obras, acciones, pensamientos y deseos para que en todo me conforme a la Voluntad Divina, y así, sirviéndoos constantemente, logre con vuestro patrocinio una feliz muerte y el encuentro con la Vida. Así sea. Jesús, María y José.

7.     Despedida: Santo Patriarca José, ruega por nosotros.

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El Cíngulo de San José

Esta devoción a San José se originó en Antwerp, Bélgica, en 1657, con la curación milagrosa de una devota monja Agustina, llamada Hna. Elizabeth.

Después de una severa y dolorosa enfermedad de tres años, los médicos habían perdido toda esperanza de curarla, y esperaban que muriera pronto. Pero la Hna. Elizabeth, habiendo sido siempre devota de San José, fabricó un Cíngulo, lo hizo bendecir en honor del Santo y se lo ciñó a la cintura. Unos días después, mientras rezaba ante la estatua del Santo, dejó de sentir los dolores. Su curación se consideró milagrosa.

Así pues, la devoción del Cíngulo se extendió, y numerosas gracias fueron concedidas a través de su uso devoto. El Cíngulo no fue utilizado sólo como remedio de males físicos, sino también como una ayuda espiritual para conservar la virtud de la pureza. La devoción fue aprobada por la Sagrada Congregación de Ritos, el 19 de septiembre de 1859, y también fue bendecida y aprobada por el Papa Pío IX.

El Cíngulo debe ser de lana o de algodón, con siete nudos en uno de los extremos, y se ata alrededor de la cintura. Debe ser bendecido por un sacerdote. Quien viste el Cíngulo debe recitar el Gloria al Padre siete veces todos los días en honor de los siete dolores y de los siete gozos de San José, así como la oración por la pureza.

“A ti San José, en gratitud por tantos beneficios”.

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