El P. Molina y San José

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El P. Rodrigo Molina también fue un gran devoto de San José. Lo estimaba mucho, tanto que se podía ver en sus cartas, en sus obras, en las conferencias que dio a lo largo de sus Ejercicios y retiros. Y en las peticiones finales de cada conferencia invocaba al Espíritu Santo, a la Santísima Virgen y a San José.

Impresionaba a los que lo veían la gran devoción que tenía al Santo Patriarca José, a quien admiraba mucho por su humildad, su espíritu de obediencia, silencio y el estar abierto a las voluntades de Dios”. Acudía a su intercesión poderosa en sus necesidades. Dio su nombre al gran colegio que levantó en Cuzco: San José Obrero. Y al final de su vida lo nombró Patrono principal de su familia espiritual.

Adentrémonos de la mano del P. Molina, en la contemplación de este Varón justo según el Corazón de Dios (Mt 1, 19), Esposo castísimo de la Virgen María, Padre virginal y Protector de Jesús, el Hijo de Dios.

Jefe responsable de la Sagrada Familia, expresión visible de la Providencia divina, colocamos hoy cuanto somos y tenemos bajo tu bondadosa y segura tutela, con la confianza sin límite con la que el mismo Padre Eterno te confió sus tesoros más preciosos: Jesús y María.

El P. Molina quedó subyugado por este modelo del Justo incondicional a Dios, puro compromiso de amar y de servir, de defender y custodiar al que es la misma Vida.

«San José nos alcance bendición» era la petición constante, diaria, habitual, del P. Molina.

 

Espiguemos escritos del P. Molina acerca de San José:

San José es el receptor de la elección definitiva, de la nueva Alianza de Dios con el hombre: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu mujer, pues lo que se engendró en ella es del Espíritu Santo: dará a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de sus pecados… José… hizo como el Ángel del Señor le ordenó y recibió consigo a su mujer, la cual, sin que él antes la conociese, dio a luz un Hijo y él le puso por nombre Jesús” (Mt 1, 20…). 

¡Altísimo encargo de Dios a S. José! ¡Confianza sin límite puesta por Dios en S. José! Dios confió a S. José sus tesoros más preciosos, Jesús y María. Esta conducta de Dios presupone que Dios tiene de José altísimo concepto, que lo elige para una misión única, especialísima y que le da para ello gracias excepcionales sobre toda otra gracia dada a los hombres.

Padre y esposo virginal

S. José, Santo Patriarca, dio su ‘fiat’ incondicional a Dios que lo elegía para padre virginal y protector de su Hijo. Es el servicio que Dios quiso de José para incoar el misterio de la salvación del mundo. S. José abrió la puerta a Dios para que Jesús pudiese entrar en el mundo según el proyecto que el Padre tenía. 

Santa María, Esposa de José, es destinada por Dios a Madre de su Hijo uno, con uno y el mismo decreto con el que Jesús es destinado a Hijo de Dios Salvador. Luego José es destinado también por Dios en este uno y mismo decreto a la formación de su Hijo para Salvador Redentor. Esto parece debe ser así dada la estrecha unión querida por Dios en los esposos (= “y serán los dos una sola carne”) y el dominio que daba Dios al Esposo sobre la Esposa en el Antiguo Testamento y el destino de la esposa como ayuda adecuada al esposo. S. José dio su matrimonio a Dios, en completa abnegación suya, para la introducción de su Hijo en el mundo. S. José con pleno derecho legal puso el nombre de Jesús al Verbo encarnado. ¡Grande es pues su mérito, grande su dignidad! 

Varón justo y humilde

José secundó la vocación particular para la que Dios le llamaba. Injertó sus pensamientos, sus planes, en los pensamientos y planes de Dios. Si secundo la vocación a la que soy llamado por Dios, Dios hará por mi medio grandes cosas. Lo primero que debo hacer es aprender el modo de conocer la voluntad de Dios, de intuirla y captarla.

Yo no debo ser indiferente, descuidado, insensible ante la presencia del mal operante en el mundo. Yo debo ser generoso en ofrecerme a remediar el mal, anhelar cosas grandes, esforzadas, sublimes por la causa del bien.

El evangelista san Juan 12,25, pone en labios de Jesús estas palabras: “Quien sacrifica por mí la propia vida en este mundo la conserva para la vida eterna”. San José es aquel en cuya vida se cumplieron plenamente estas palabras. Es el tipo del evangelio, el modelo del hombre humilde. El humilde que ante la voluntad de Dios supo negarse, supo aceptar el borrarse por Jesús y por María. San José, a la vista de sus contemporáneos era uno más. Pero a los ojos de Dios dice la Sagrada Escritura que “era varón justo”.

Este “varón justo” es el modelo más acabado del verbo “desaparecer”. Su vida estaba oculta en Dios. El marco de su vida era lo corriente, lo sencillo, lo de cada día. Vivió cumpliendo con fidelidad y exactitud el deber de cada día. No hizo otro apostolado. ¿Sabes cuál fue el apostolado de san José? Amar. Amar mucho. 

¡San José bendito, que tu amor paternal también defienda y proteja nuestra agitada vida! ¡Míranos desde el cielo y haznos semejantes a ti!

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