Los Santos y San José

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Santa Teresa de Jesús (28 de marzo de 1515 / ✝︎4 de octubre de 1582)

Santa Teresa es, sin duda, una de las primeras mujeres de la historia que entró, gracias a la Virgen, en el misterio de San José, el cual la salvó de la muerte.

La santa le atribuyó su curación en la grave enfermedad que pasó en casa de su padre al poco tiempo de entrar en el Carmelo.

Fue el Señor -cuenta en el libro de su vida- el que le pidió en la Comunión que trabajara con todas sus fuerzas en la fundación de un monasterio dedicado a San José. “Él -le dijo- protegería una de sus puertas; Nuestra Señora la otra… Jesús estaría en medio, en nuestra casa…”.

Después de confesar en la Iglesia de Santo Domingo, en la que tantas veces lo había hecho  -muy afligida por las miserias pasadas que había confesado ahí-  percibió la presencia de la Virgen a su derecha y a su padre San José a la izquierda, que la cubrían con una vestidura que significaba que estaba ya purificada de sus pecados. Ella (la Virgen) le aseguró de la protección de San José diciéndole cuánto le agradaba su devoción al glorioso San José.

Dice el padre Jerónimo Gracián, gran amigo de santa Teresa de Jesús:

Ella puso sobre la portería de todos sus monasterios que fundó, a Nuestra Señora y al glorioso San José; y en todas las fundaciones llevaba consigo una imagen de bulto de este glorioso santo, que ahora está en Ávila, llamándole fundador de esta Orden…

Como se ve por los escritos de Santa Teresa, trataba a San José como a un verdadero padre. Y lo llamaba frecuentemente mi padre y señor San José, mi verdadero padre y señor, mi padre San José, gloriosísimo padre nuestro San José, mi padre glorioso San José.

 

San Antonio María Claret (23 de diciembre de 1807 / ✝︎24 de octubre de 1870)

Así escribe en su autobiografía San Antonio María Claret: “El día 15 de octubre de 1859, día de Santa Teresa, había de ser asesinado.

El asesino entró en la Iglesia de San José de Madrid, calle de Alcalá; y para pasar el tiempo y con mala intención entró en la Iglesia; y se convirtió por intercesión de San José, como el Señor me lo dio a conocer.

El asesino me vino a hablar y me dijo que era uno de las logias secretas y mantenido por ellas y que le había caído la suerte de haberme de asesinar; y que si no me asesinaba, dentro de cuarenta días, él sería asesinado, como él mismo había asesinado a otros que no habían cumplido.

El que me había de asesinar lloró, me abrazó y me besó y se fue a esconderse para que no le matasen a él por no haber cumplido su encargo”.

El Señor en la oración me hizo entender que “me había librado por la intercesión de San José”.

 

Santa Catalina Labouré (2 de enero de 1806 / ✝︎31 de diciembre de 1876)

Santa Catalina Labouré estaba agonizando en la Rue du Bac, en París. La Virgen le había entregado la Medalla Milagrosa. Catalina era conocida como la “santa del silencio”. Muy pocas palabras suyas han quedado registradas pero sabemos que, poco antes de su muerte, sus sobrinos  le preguntaron:

  • “Tía, ¿a quién debemos rezarle en el momento de tu muerte?
  • ¡Al Terror de los demonios! –respondió ella-. Y cuando el demonio intente imponerles pensamientos mentirosos, impuros, de odio, de envidia… recen esta pequeña oración: “San José, Terror de los demonios, ¡protégeme!”. Y díganla sobre cada uno de sus dedos. San José congelará entonces esos pensamientos. ¡Eso es todo!

Si los pensamientos regresan, procedan entonces de la misma manera. “San José, Terror de los demonios, protégeme”.

 Repitan esta oración tantas veces cuantos dedos tienen en sus manos y ganarán la batalla”.

 

Santa Bernardeta Soubirous (7 de enero de 1844 / ✝︎16 de abril de de 1879)

La vidente de la Virgen de Lourdes era muy devota de San José. Cuando murió su padre en 1870, escogió a San José como su padre en la tierra.

Un día, una hermana la sorprendió rezando una novena a la Virgen delante de una imagen de San José, y le dijo que eso estaba muy mal, porque debía rezar la novena delante de la imagen de la Virgen. Pero ella le respondió:

– La Santísima Virgen y san José están perfectamente de acuerdo y en el cielo no hay celos ni envidias.

Un día de 1872, se fue a hacer una visita a la iglesia y les dijo a las hermanas de la enfermería:

– Voy a hacer una visita a mi padre.

– ¿A vuestro padre?

– Sí, ¿no sabéis que ahora mi padre es San José?

Y decía: “Cuando no se puede rezar, es bueno encomendarse a San José”.

Cuando la enterraron el 30 de mayo de 1879, lo hicieron en la cripta subterránea de la capilla de San José, en el jardín del convento y no en el cementerio público. En las Actas del proceso de beatificación, una de las religiosas declaró que repetía frecuentemente la invocación: “San José, dame la gracia de amar a Jesús y a María como ellos quieren ser amados. San José, ruega por mí y enséñame a rezar”.

 

San Juan Bosco (16 de agosto de 1815 / ✝︎31 de enero de 1888)

En sus Memorias biográficas se cuenta que D. Bosco era muy devoto de San José. Lo eligió como uno de los patronos del Oratorio, colocó a los alumnos artesanos bajo su protección y lo proclamó protector de los exámenes de los estudiantes. A él recurría en sus apuros y exhortaba a los demás a invocarlo. Varias veces al año, hablaba en la plática de la noche sobre la eficacia de su intercesión, hacía celebrar la fiesta del Patrocinio de San José el tercer domingo después de Pascua y solía preparar a los alumnos con breves charlas llenas de fervor.

Los jóvenes santificaban el mes dedicado a este santo en la Iglesia, individualmente o por grupos libres, pues no había prescripción reglamentaria, pero era tan grande la devoción que les había inspirado que casi todos tomaban parte en aquella piadosa práctica.

Don Bosco quiso siempre que hubiese un altar dedicado a San José en todas las iglesias que él levantó. Tuvo una gran alegría y exteriorizó su contento, cuando el Papa Pío IX lo proclamó patrono de la Iglesia universal; y estableció en 1871 que, en todas sus casas, lo mismo los estudiantes que los aprendices, debían celebrar su fiesta el diecinueve de marzo, guardando completo descanso de todo trabajo, pues por aquellos años el diecinueve de marzo no era día festivo.

En 1859 daba Don Bosco una prueba de su constante devoción a San José, añadiendo en el devocionario “El joven cristiano” una práctica piadosa, memoria de los siete dolores y gozos de San José; una oración al mismo santo para obtener la virtud de la pureza y otra para impetrar una buena muerte con hermosas canciones religiosas en su honor.

Don Bosco contaba lo siguiente:

“Hace pocos años, un pobre muchacho de Turín, que no había recibido ninguna instrucción religiosa, fue un día a comprar una cajetilla de tabaco. Al volver donde su compañeros, quiso leer la parte impresa en el envoltorio del tabaco. Era una oración a San José para obtener la buena muerte… Tanto la estudió que se la aprendió de memoria y la rezaba cada día, casi materialmente, sin intención alguna de alcanzar ninguna gracia.

San José no quedó insensible ante aquel homenaje, en cierto modo involuntario; tocó el corazón del pobre joven, se presentó a Don Bosco y él le proporcionó la inestimable fortuna de llevarlo a Dios. El joven correspondió a la gracia, tuvo oportunidad de instruirse en la religión que había descuidado hasta entonces por ignorarla y pudo hacer bien su primera comunión. Al poco tiempo, cayó enfermo y murió, invocando el nombre de San José, que le había obtenido la paz y el consuelo de aquellos últimos momentos”.

 

San José Manyanet (7 de enero de 1833 / ✝︎17 de diciembre de 1901)

San José Manyanet y Vives, sacerdote español, que promovió la construcción del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona, España. Fundó la Congregación de Hijos de la Sagrada Familia.

Un testigo ocular cuenta esta anécdota: En el año 1892 en Sant Andreu de Palomar se levantó una revuelta popular en la que peligraban las vidas y casas de curas, frailes y dueños de fábricas. Una turba de revolucionarios se dirigió con mal intento a nuestro colegio y casa. Y el padre Manyanet puso la imagen de San José y una estampa grande detrás de la puerta principal, diciendo: “San José nos librará de estas gentes”.

En efecto, llegó la gente y furiosamente tocaron la campana. El mismo padre, con el hermano Antonio, abrió la puerta y dijo a la gente: “Este colegio está lleno de niños en las clases. Son pobres… Los protege San José…”. El cabecilla de la gente se fijó en el padre y le dijo: “Si son pobres, respetamos el colegio”… Se fueron silenciosos.

Todos entramos en la capilla del colegio a dar gracias a San José. Las turbas, que andaban quemando, robando y asesinando, no volvieron más en las dos semanas que duró la revolución de Barcelona y pueblos vecinos”.

 

San Pío X (2 de junio de 1835 / ✝︎20 de agosto de 1914)

El Santo Pontífice Pío X agregó a las del Papa León XIII, su predecesor, muchas expresiones de devoción y amor por San José multiplicando el número de indulgencias concedidas a la recitación de las Letanías de San José, tan queridas y tan dulces para recitar.

San Pío X aprobó el Decreto en 1909 de la Sagrada Congregación de Ritos publicando Las letanías de San José. Este decreto precisaba la intervención del Papa en estos términos:

“Nuestro Santo Padre, el Papa Pío X, siempre ha profesado una devoción particular y una profunda piedad para con el augusto Patriarca San José, padre putativo del divino Redentor, Esposo purísimo de la Virgen Madre de Dios, y poderoso Patrono de la Iglesia católica ante Dios, de quién recibió el nombre glorioso en el bautismo”.

Y observemos esa delicadeza de los sentimientos personales de San Pío X:  “el glorioso nombre de San José se aprende desde el nacimiento y es una constante de piedad y religión”.

Este decreto también anunció las razones de los nuevos favores vinculados al “culto de San José, Patrón de la Iglesia Universal”.

 

San Andrés Bessette (9 de agosto de 1845 / ✝︎6 de enero de 1937)

San Andrés Bessette, religioso lego de la Congregación de la Santa Cruz, fue uno de los más grande devotos de San José, que construyó una gran basílica -el Oratorio de San José- en Montreal.

Desde niño  se pasaba mucho tiempo en oración en la iglesia, delante de una imagen de San José. Fue su santo predilecto después de la Virgen María. Para solucionar cualquier dificultad acudía a él. Le gustaba hacer procesiones con su imagen, poner papeles escritos debajo de la estatuilla y curar a los enfermos con medallas de San José, bendecidas por un sacerdote, y con el aceite que había ardido en la lamparilla que siempre estaba ante su imagen.

Acostumbraba llevar, en el bolsillo, una pequeña imagencita de San José y, riéndose, decía que tenía a San José “en el bolsillo”.

Cuando iba de viaje a Estados Unidos, una o dos veces al año, aprovechaba para visitar a sus familiares. Llevaba miles de medallas de San José para repartirlas a los enfermos que lo visitaban.

Pero, sobre todo, consideraba que el primer requisito para obtener favores de Dios era estar en estado de gracia. Por ello recomendaba mucho la oración, la confesión, la comunión y la devoción a San José, como remedio para recibir la salud corporal. Sugería decir oraciones fáciles como: San José ruega por mí como hubieras orado si hubieras estado en mi lugar y con mis problemas”

Se consideraba el perrito” de San José. Y decía: A Jesús por María y José”.

Como su devoción a San José había crecido mucho en los años de soledad en Norteamérica, les hablaba a sus compañeros de la devoción a San José pero ellos le llamaban el “Loco de San José”.

De todo Canadá y de Estados Unidos acudían a ver al hermano. Él siempre les decía: “Yo no hago milagros, los hace Dios por intercesión de San José; vayan a agradecerle a él”.

El padre Oseas Coderre cuenta: “Recuerdo que, en un caso de epidemia en el colegio de Saint Laurent, los religiosos le consultaron al hermano Andrés y él recomendó hacer una procesión con la imagen de San José por todas las salas y lugares del colegio, rezando. Al día siguiente, la epidemia disminuyó sensiblemente y a los dos días había desaparecido. Lo mismo sucedió en el colegio de nuestra Señora. El hermano Andrés vino a rezar con nosotros; llevamos en procesión una imagen de San José, rezando el Rosario, y la epidemia desapareció”.

Por otra parte aconsejaba siempre a los enfermos frotasen sus ropas con una medalla de San José, en la parte enferma de su cuerpo y él mismo, también, se frotaba con ellas algunas veces. Igualmente recomendaba usar el aceite que había ardido ante la imagen del santo y frotarse con él en el cuerpo enfermo. Cuando éstos se curaban les pedía algún ex-voto, como las muletas u otros aparatos que habían usado, para dejarlos en la capilla como recuerdos del poder de San José y aliento para fomentar la fe de otros. Actualmente hay depositados cientos y cientos de ex-votos en el Oratorio, debido a las curaciones, de cuerpo y alma, obtenidas por medio de San José.

 

San Juan XXIII (25 de noviembre de 1881 / ✝︎3 de junio de 1963)

El Papa San Juan XXIII fue, sin duda, el Papa más josefino de la historia de la Iglesia.  En  el bautismo recibió los nombres de Ángelo José, siguiendo la tradición familiar. El nombre de José le marcó para toda su vida.

En su casa paterna el cuadro del santo Patriarca era objeto de veneración ininterrumpida. A él se dirigían todos en cada circunstancia, mayores y niños, manteniéndolo asociado a su Esposa la Virgen María y al Niño Jesús que estrechaba contra su pecho.

El mes de marzo transcurría entero en piadosas lecturas josefinas y en ingenuas invocaciones titánicas y los miércoles de cada semana de todo el año estaban dedicados al santo Patriarca. José Roncalli (luego Juan XXIII), desde joven, amaba decorar las paredes de su dormitorio y su sala de trabajo con estampas populares de San José.

La víspera de su ordenación episcopal tomó una solemne decisión: “asumo ahora y por siempre el nombre de José, que además me fue impuesto en el bautismo, en honor del querido Patriarca que será mi primer patrón después de Jesús y de María y mi ejemplar”.

Él mismo dijo: “he caminado con San José toda mi vida… No sé empezar mi jornada ni terminarla sin que mi primera palabra y mi último pensamiento se dirijan a él”.

 

Santa Maravillas de Jesús (4 de noviembre de 1891 / ✝︎11 de noviembre de 1974)

Maravillas de Jesús, Carmelita descalza nacida en Madrid, España. Fundó varios conventos carmelitanos a partir de 1923. Sus escritos revelan la vivencia íntima y espiritual de la Santa  hacia San José.

No sólo era gran devota de San José, sino que, precisamente por serlo, procuraba que las demás lo fueses también. Un año antes de morir ella, murió el padre de una religiosa; y entre los objetos que trajeron de él al convento, había una imagen de San José de tres centímetros. Al saber que se la habían dado las Hermanitas de los Pobres, les encargó una imagencita pequeña para cada hermana del convento de la Aldehuela, para que lo llevaran siempre consigo. Ella misma lo llevaba y al momento de morir la tenía en su mano y lo besaba con frecuencia.

Para fomentar esta devoción al Santo Patriarca, daba con frecuencia estampas con pensamientos de San José, para que las tuviesen en el breviario. Y recomendaba, especialmente, la vida oculta y callada de San José y sus virtudes sencillas y fuertes, vida de humildad y pobreza, de esconderse uno sin nada, en silencio y oración… Las virtudes de la Familia de Nazaret, haciendo alusión frecuente a San José.

Y dirigía a sus hijas religiosas esta exhortación: “Bueno, hijitas, que nuestro padre San José me las llene del amor que él tenía a su Niño, y me las enseñe a conversar con Él y a agradecerle en todo, sustentándole con las almas que le ganen; y pidan por mí, que quiero quererle tanto como él”.

 

Santa Teresa de Calcuta (26 de agosto de 1910 / ✝︎5 de septiembre de 1997)

Decía la Madre Teresa de Calcuta: “Confiamos en el poder del nombre de Jesús y también en el poder intercesor de San José.

En los comienzos de nuestra Congregación, había momentos en los que no teníamos nada. Un día, en uno de esos momentos de gran necesidad, tomamos un cuadro de San José y lo pusimos boca abajo. Esto nos recordaba que debíamos pedir su intercesión. Cuando recibíamos alguna ayuda, lo volvíamos a poner en la posición correcta”.

Un día, un sacerdote quería imprimir unas imágenes para estimular y acrecentar la devoción a San José. Vino a verme para pedirme dinero pero yo tenía, solamente, una rupia en toda la casa. Dudé un momento en dársela o no pero, finalmente, se la di. Esa misma noche, volvió y me entregó un sobre lleno de dinero: cien rupias. Alguien lo había parado en la calle y le había dado ese dinero para la Madre Teresa…

 

San Juan Pablo II (18 de mayo de 1920 / ✝︎2 de abril de 2005)

El Papa San Juan Pablo II manifestó reiteradamente su doctrina y sentimiento sobre San José, además de conmemorar el centenario de la Encíclica Quamquam pluries de León XIII, sobre la devoción a San José con la Exhortación Redemptoris custos, “Custodio del Redentor”.

En este documento, que tiene la singularidad de no concluir con la “bendición apostólica”, como suelen terminar todos los documentos pontificios,  sino con la súplica a San José para que bendiga a la Iglesia, el Papa hace suyo un rico tesoro doctrinal en el que destaca la ratificación de aquel pensamiento de San Pablo VI que pone a San José y la Virgen en el comienzo de la Obra Divina de la Redención de la humanidad, con lo que definía a San José, por primera vez, como el “nuevo Adán”, en el principio de los caminos del Señor.

Y esto lo escribe San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica con la intención pastoral de que todos los hijos de la Iglesia pongan su confianza en San José y en la Virgen, como inicio de los caminos de la Salvación.

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